lunes, 27 de junio de 2011

Deyrolle en Midnight in Paris

La Masion Deyrolle en París
Depuis 1831, la maison Deyrolle propose aux passionnés de la Nature des collections d’insectes et de coquillages, des animaux naturalisés de toutes sortes, des curiosités naturelles et du matériel pédagogique pour l’enseignement des sciences naturelles.
Les animaux naturalisés, les insectes et les curiosités naturelles ne peuvent pas être vendus par correspondance, mais nous nous engageons à vous faire parvenir dans les meilleurs délais nos planches pédagogiques anciennes, les nouvelles planches sur le Développement Durable, le matériel entomologique et le matériel à herboriser, des sachets de coquillages, des oeufs d'autruche, nos livres et nos cahiers.
Midnight in Paris (Woody Allen, 2011) Véase minuto 1:16

The Phantom Museum

The Phantom Museum: Random Forays Into the Vaults of Sir Henry Wellcome's Medical Collection (TV 2003). Corto de animación de 12 minutos dirigido por los hermanos Quay (Stephen y Timothy).

The Phantom Museum (2003) por BFIfilms

domingo, 19 de junio de 2011

Nada es más hermoso que conocer


Plato said, ‘Nothing is more divine than to know everything,’ sagely and elegantly, for just as Knowledge illuminates the mind, refines the intellect and pursues universal truths, so out of the love of beautiful things it quickly conceives and then gives birth to a daughter, Wisdom, the explorer of the loftiest matters, who, passing far beyond the limits of human joy, joins her own to the Angelic Choruses, and borne before the Ultimate Throne of Divinity, makes them consorts and possessors of Divine Nature
Athanasius Kircher, Ars Magna Sciendi, sive Combinatoria (1669)

jueves, 21 de abril de 2011

Museo de la expresión




16. El manicomio expresivo
Así como está en Cinelandia el hospital más perfeccionado del mundo lleno de objetos de níquel que brillan opíparamente, hay en Cinelandia un manicomio con trazas de gran hotel, pues su comedor está repartido en mesitas, cuarto de duchas y baños, gimnasia, sala de revistas, salón de baile.
Por eso son tan admirables las películas de locos que se impresionan en Cinelandia, porque están hechas con locos fotogénicos, es decir, con antiguos actores de cinematógrafo que enloquecieron en medio de las extrañas y violentas aventuras del cine y por causa también del vicio que anda suelto por Cinelandia.
Para no llamrle manicomio, que descontentaría y asustaría a Cinelandia, ostenta el título de:
MUSEO DE LA EXPRESIÓN
Es el único edificio triste de Cinelandia, el único, porque el hospital tenía todos los adelantos del entretenimiento.
El manicomio del cinematógrafo está lleno de gente que se había quedado en un papel. Cabezas débiles que se creyeron lo que representaron en el silencio de una noche, en un ambiente de tan perfecta trama, que se comprende cómo se creyeron trasladados a otro tiempo y a otra naturaleza.
Aquellos locos actores de cine habían llegado a los más extraordinarios espasmos de la expresión.
Cada uno se podría decir que no tenía más que un gesto original, pero ese muy fijo, inmóvil, y despierto sobre los abismos.
El gesto mudo de los locos sobrepasaba su sentido usual en aquel manicomio de grandes locos, como si en la locura completa y definitiva pudiese haber locos geniales y locos vulgares.
Los locos se enganchan en el mundo y se quedan tan engarfiados en sus espacios, que sus carátulas son como carátulas talladas en la piedra dura del espacio.
Todos eran como recorte de una película inolvidable, como corte en seco de una representación peculiar. Tenía la pesadilla el movimiento de aquella sola expresión de un retal de película que circulase siempre sobre sí mismo en ridícula extensión de madeja que se devana o como cuando los soldados solo marcan el paso sin salir de un trecho, pero como si anduvieran con menudo paso largas distancias.
Películas paradas en la expresión de cincuenta de sus fototipias principales, aquellos locos tenían luz en la expresión como si la máquina luminosa de la proyección iluminase por detrás de la pantalla en proyección lanzada de frente al público.
Allí estaba el célebre Arikson que tanta fama mundial tuvo por cómo se subía a los árboles y lucía una gracia fantástica de simio humano.
Allí estaba Alejandro Bold, aquel tipo tan raro que hacía temblar a los públicos cuando buscaba a alguien delante de sí, paseando su mirada por la sala.
Allí estaba el japonés Hin-Chey, que se había quedado en aquel gesto de terror que parecía ver a todos los dragones en confabulación contra él.
El departamento de mujeres del Museo de la Expresión poseía los más extraños ejemplares del deliquio, las más desvanecidas transportaciones, los ojos en blanco más contumaces.
Mujeres hermosas y extraordinarias están como perpetuadas en el gesto más inverosímil de sus gestos, pensativas, llorosas, querulantes.
Lloran unas un amor que no volverá nunca ni saben dónde está ni dónde se fue, ni si existió jamás. Se volvieron locas de no saben qué, de exagerar un gesto que les mandaron hacer, de verdadera hipocresía sentimental.
Pero están tan locas como las locas verdaderas. Las máquinas paradas de la proyección las enfocan con enfoque permanente y junto a paredes diferentes, ofendiéndolas con resol de locura.
Sus grandes párpados, que ponen un brillo de raso gris sobre sus ojos, entornan sus miradas lánguidas, como lágrimas de pupilas en desangrado pupileo.
(...)
Parece que todas esas locas se acuerdan de la proyección en que toman parte a lo lejos, como en otra vida, cuando aún salían de su gesto y corrían por los caminos en los automóviles de la locura, recibiendo en el rostro el vitriolo de la velocidad que las perseguía.
Sus senos no están locos, pero ya no hay nadie que los acaricie, como no sea como a cabecitas de niños iditoas. Solo los ángeles potrosos, abusones, degenerados de los manicomios revolotean sobre las locas, dejándolas amortiguadas.
Ramón Gómez de la Serna, Cinelandia (1923)
Imagen 1: La chemise rose I, Tamara de Lempicka (1927)
Imagen 2: Despacho de Ramón en Madrid. Imágenes 3 y 4: Despacho de Buenos Aires


domingo, 6 de marzo de 2011

Carnaval y Wunderkammer en Ensor

"James Sidney Edward Ensor nació en 1860, en la ciudad de Ostende, en Bélgica. Este pequeño pueblo de pescadores adquirió cierta notoriedad en 1834, cuando el rey Leopoldo I instaló aquí su residencia de verano, antes de convertirse a lo largo de las siguientes décadas, en una animada estación balnearia, muy de moda. Fue en Ostende donde el padre de James, James Frederic, un inglés culto, conoció a su madre, Marie Catherine Haegheman, una pequeña burguesa local cuya familia posee una tienda de recuerdos y de curiosidades. La tienda hace vivir la familia de Ensor, y el futuro pintor crece en este decorado de "conchas, encajes, peces raros disecados, libros antiguos, grabados, armas, porcelanas de China, un desorden inextricable de objetos heteróclitos" (Carta de Ensor a Louis Delattre, 4 de agosto de 1898) (...) Este original entorno ejerce una influencia determinante y duradera en el pintor, como lo reconoce más tarde: Mi infancia estuvo poblada de sueños maravillosos y la frecuentación de la tienda de mi abuela toda irisada por los reflejos de conchas y por suntuosidades de encajes, extrañas bestias disecadas y armas terribles de salvajes que me aterrorizaban [...] desde luego el ámbito excepcional ha desarrollado mis facultades artísticas".
Más en: Museo d'Orsay, París.

lunes, 14 de febrero de 2011

Huellas de coleccionismo



"El interior es el refugio del arte. El coleccionista es el verdadero inquilino del interior. Hace del ensalzamiento de las cosas su tarea. Le cae en suerte la tarea de Sísifo de quitarles a las cosas, poseyéndolas, su carácter de mercancía. Pero les otorga únicamente el valor de su afición en lugar del valor de uso. El coleccionista no se sueña solamente en un mundo lejano y pasado, sino además en un mundo mejor, en el que ciertamente los hombres están desprovistos de lo que necesitan como en el mundo cotidiano, pero en el que las cosas están libres de la servidumbre de tener que ser útiles.
El interior no es sólo el universo, sino también el estuche del individuo particular. Habitar significa dejar huellas. En el interior, éstas se subrayan. Se inventan multitud de cubiertas, fundas y estuches, en los que se imprimen las huellas de los objetos de uso más cotidiano. Las huellas del morador también se imprimen en el interior. Surgen las historias de detectives, que persiguen estas huellas."
Walter Benjamin, Libro de los pasajes, 1927.
Imágenes: Miniaturas de la colección Martínez Lanzas de las Heras.

jueves, 10 de febrero de 2011

El museo como destino de las obras de arte


“No nos digan más que las obras de arte se conservan en estos depósitos. ¡Si, tal vez hayan transportado su materia! ¿Pero han podido transportar junto a ellas este cortejo de tiernas, profundas, melancólicas, sublimes o estremecedoras sensaciones que las rodean? ¿Han podido trasladar a sus almacenes este conjunto de ideas y de vínculos que extendían tanto interés por las obras, de cincel o de pincel? Todos estos objetos han perdido su efecto al perder su destino. El mérito de la mayoría estaba ligado a las creencias que le habían proporcionado el ser, las ideas con las que se vinculaban, los accesorios que las explicaban, el nexo de pensamientos que le daban su conjunto. ¿Ahora, quien dará a conocer a nuestro espíritu lo que significan estatuas, cuyas poses ya no tienen objetivo, cuyas expresiones tan sólo son muecas, cuyos accesorios se han vuelto enigmas? ¿Qué efecto produce actualmente sobre nuestra alma, el mármol desencantado de esta mujer que finge llorar sobre la urna vacía, que ya no mantiene su dolor? ¿Que me dicen todas estas efigies que tan sólo han conservado su materia? ¿Que me dicen estos mausoleos sin sepultura, estos cenotafios doblemente vacíos, estas tumbas que la muerte ya no anima?”

Antoine-Chrysostome Quatremère de Quincy, Considérations morales sur la destination des ouvrages de l'art, ou de l'influence de leur emploi sur le génie et le goût de ceux qui les produisent ou qui les jugent… (1815)