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lunes, 3 de octubre de 2011

La Urraca

Llamaban de apodo a la mendiga - a quien por cierto, se le conocía muy bien que había tenido otra posición en otros días- la Urraca. Era debido el sobrenombre a que la buena mujer se traía para casa toda especie de objetos que encontraba en la calle. Como las urracas ladronas, cogía que lo que veía al alcance de sus uñas, sin más fin que ocultarlo en su nido. La Urraca - cuyo nombre verdadero era Rosario- no hubiera tomado de un cajón un céntimo; pertenecía a la innumerable hueste de descuideros de Madrid que juzga suyo cuanto cae a la vía pública. (...)
Nadie había penetrado jamás en la vivienda de la mendiga. Por lo mismo, la curiosidad de las vecinas era rauda, rabiosa. ¿Qué encerraba aquel misterioso curato tercero interior de la calle de las Herrerías? Y casi- al tener un pretexto para descorrer el velo del misterio- se alegraron, sin decirlo de lo que hubiese podido ocurrir. (...)
Lejos de encontrar, como pensaron, una especie de desván lleno de trastos en desorden, de inmundicias, hallaron tres habitaciones de pobre mobiliario, pero muy arregladas, barridas y sin señal de polvo. (...)
Centenares de cajitas de tabacos de esas pulcras cajitas cuya madera seca y sedosa conserva el aroma de los habanos que han contenido, servían a la Urraca para almacenar y guardar, con primoroso orden, su botín. Se supo después lo que las cajas contenían: como que hubo que tasarlo e inventariarlo. Unas encerraban guantes, doblados, delicadamente; otras, pedazos de encaje; otras, alfileres de todos tamaños y formas, horquillas de todos los metales, peines, jabones, pañuelos, algunos de ellos blasonado y enriquecido con puntos de aguja y Venecia... Había flores artificiales, objetos de cotillón, desorados y marchitos; portamonedas de plata, piel y cartón vil, devocionarios, libritos de memorias, peinas de estrás, agujas de sombreros, frascos de esencias y de medicinas. Había retratos, cartas de amor, letras sin cobrar y, en una cajita especial, billetes de Banco, una bonita suma. Más extrañó el contenido que encerraba un cofre de hierro: amén de ¡un collar de perlas!, alhajillas de menor valor, piedras sueltas, un reloj muy malo, dos o tres sortijas...
Prolijo en verdad sería el recuento del contenido de las cajas: recuérdese todo lo que puede hallarse en la calle, todo lo que diariamente se pierde en una populosa ciudad. (...)
Sí, esta era la clave; yo no podía dudarlo: la Urraca coleccionaba. ¿Qué? Todo; los objetos que nunca, dada su condición social, hubiese podido poseer, los objetos que a ningún fin podía aplicar; los objetos más heteróclitos, pero cuya busca, en la calle, constituían la ventura y la pasión de su ancianidad. Cazadora en la selva de la capital, de noche, a la luz de la pobre candileja, experimentaría emociones de intensidad violentísima al recontar y clasificar el botín. (...)
Y eché la última ojeada al cadáver de la mujer que fue feliz a su manera, que gozó emociones de refinada y estética intensidad...
Emilia Pardo Bazán, Coleccionista (1910)
Imagen: Joseph Cornell, Untitled (Penny Arcade Portrait of Lauren Bacall)1945-46. Collection Mr. and Mrs. E. A. Bergman, Chicago

lunes, 14 de febrero de 2011

Huellas de coleccionismo



"El interior es el refugio del arte. El coleccionista es el verdadero inquilino del interior. Hace del ensalzamiento de las cosas su tarea. Le cae en suerte la tarea de Sísifo de quitarles a las cosas, poseyéndolas, su carácter de mercancía. Pero les otorga únicamente el valor de su afición en lugar del valor de uso. El coleccionista no se sueña solamente en un mundo lejano y pasado, sino además en un mundo mejor, en el que ciertamente los hombres están desprovistos de lo que necesitan como en el mundo cotidiano, pero en el que las cosas están libres de la servidumbre de tener que ser útiles.
El interior no es sólo el universo, sino también el estuche del individuo particular. Habitar significa dejar huellas. En el interior, éstas se subrayan. Se inventan multitud de cubiertas, fundas y estuches, en los que se imprimen las huellas de los objetos de uso más cotidiano. Las huellas del morador también se imprimen en el interior. Surgen las historias de detectives, que persiguen estas huellas."
Walter Benjamin, Libro de los pasajes, 1927.
Imágenes: Miniaturas de la colección Martínez Lanzas de las Heras.

viernes, 22 de octubre de 2010

Oda a las cosas


Amo las cosas loca,
locamente.
Me gustan las tenazas,
las tijeras,
adoro
las tazas,
las argollas,
las soperas,
sin hablar, por supuesto,
del sombrero.

Amo
todas las cosas,
no sólo
las supremas,
sino
las
infinita-
mente
chicas,
el dedal,
las espuelas,
los platos,
los floreros.

Ay, alma mía,
hermoso
es el planeta,
lleno
de pipas
por la mano
conducidas
en el humo,
de llaves,
de saleros,
en fin,
todo
lo que se hizo
por la mano del hombre, toda cosa:
las curvas del zapato,
el tejido,
el nuevo nacimiento
del oro
sin la sangre,
los anteojos,
los clavos,
las escobas,
los relojes, las brújulas,
las monedas, la suave
suavidad de las sillas.

Ay cuántas
cosas
puras
ha construido
el hombre:
de lana,
de madera,
de cristal,
de cordeles,
mesas
maravillosas,
navíos, escaleras.

Amo
todas
las cosas,
no porque sean
ardientes
o fragantes,
sino porque
no sé,
porque
este océano es el tuyo,
es el mío:
los botones,
las ruedas,
los pequeños
tesoros
olvidados,
los abanicos en
cuyos plumajes
desvaneció el amor
sus azahares,
las copas, los cuchillos,
las tijeras,
todo tiene
en el mango, en el contorno,
la huella
de unos dedos,
de una remota mano
perdida
en lo más olvidado del olvido.

Yo voy por casas,
calles,
ascensores,
tocando cosas,
divisando objetos
que en secreto ambiciono:
uno porque repica,
otro porque
es tan suave
como la suavidad de una cadera,
otro por su color de agua profunda,
otro por su espesor de terciopelo.

Oh río
irrevocable
de las cosas,
no se dirá
que sólo
amé
los peces,
o las plantas de selva y de pradera,
que no sólo
amé
lo que salta, sube, sobrevive, suspira.
No es verdad:
muchas cosas
me lo dijeron todo.
No sólo me tocaron
o las tocó mi mano,
sino que acompañaron
de tal modo
mi existencia
que conmigo existieron
y fueron para mí tan existentes
que vivieron conmigo media vida
y morirán conmigo media muerte.

Pablo Neruda, "Oda a las cosas", Odas elementales (1954)

El poeta chileno Pablo Neruda fue un gran coleccionista de botellas, mascarones de proa, máscaras, mariposas, caracolas:

"Lo mejor que coleccioné en mi vida fueron mis caracoles. Estos me dieron el placer de su prodigiosa estructura: la pureza lunar de una porcelana misteriosa, agregada a la multiplicidad de formas, táctiles, góticas, funcionales. (…) Exageré mi caracolismo hasta visitar mares remotos. Mis amigos también comenzaron a buscar conchas marinas, a encaracolarse. En cuanto a los que me pertenecían, cuando ya pasaron de quince mil, empezaron a ocupar todas las estanterías y a caerse de las mesas y de las sillas. Los libros de caracología o malacología, como se les llame, llenaron mi biblioteca. Un día lo agarré todo y en inmensos cajones los llevé a la Universidad de Chile haciendo así la primera donación al alma mater."
Pablo Neruda, Confieso que he vivido (1974)

Fue un coleccionista metódico, al que le gustaba el orden. Sus colecciones pueden contemplarse hoy en sus tres casas-museo.

lunes, 18 de octubre de 2010

Colección como texto


"In realtà la collezione va prima di tutto letta come un testo che può avere rotture logiche e fratumazioni sintattiche, ma che obbedisce a una logica comunicativa. È una scrittura fatta di oggetti e perciò una scrittura geroglifica. L'osservatore è invitato a percorrere questo alfabeto materiale e comunque è fruitore di questa opera ulteriore che è la collezione, che è naturalmente un'opera mediata, perché l'autore no è faber, ma utilizza artefatti già esistenti.
Il collezionista è stato sempre cosciente di questa sua funzione metalinguistica e qualche volta ha tentato, rimontando da un gradino all'altro, di recuperare la manualità e il livello creativo primario che le è connesso. Ma sono casi isolati, molto più frequenti in passato quando la collezione era prima di tutto un strumento di lavoro e quando, attraverso la manipolazione dei materiali, nelle officine-laboratorio dei collezionisti-scienziati o di principi curiosi come Francesco I de' Medici, si perseguiva un ampliamento delle conoscenze.
Collezionisti molto vicini a quel prototipo perfetto di collezionista che è l'Eduard Fuchs esemplificato da Benjamin nel suo noto saggio, un collezionista-studioso che attraverso la raccolta allarga i propi interessi e modifica il proprio quadro culturale.
Certamente chi colleziona accetta di esprimersi per metafora e in questo senso giustifica il suo appropriarsi di un feticcio, cioè di un oggetto dotato di un grande potere simbolico, tanto da poter sostituire un tutto. Egli è nella condizione infinitamente ambigua di possedere e di essere posseduto nello stesso tempo Può essere come il folle di un villaggio primitivo che scambia il proprio corpo e la propria voce con quella di un animale della foresta. Ma nello stesso tempo detiene l'opera, è artefice del suo destino e autore delle associazioni che può costruire intorno a essa."
Adalgisa Lugli, Il collezionista (1985)

domingo, 17 de octubre de 2010

Carlos Pazos, ¿ni coleccionista ni camp?

"Cierta afinidad del arte de Carlos Pazos con el camp me parece innegable. Pero ni es totalmente camp ni totalmente coleccionista, en el sentido de que no conserva su tesoro, sino que lo pone en juego, lo arriesga. No abre espacios de lo idéntico, intentando completar series y crear enclavados de sentido en un mundo contingente, sino que provoca significados rompiendo series y fomentando así la productividad artística. Un collage no es una colección. Les confiere a los objetos una esfera propia y una segunda razón de ser, al ponerlos en una vecindad inusual, de modo que susciten en ellos nuevas y dispares dimensiones, paronomásticas y calamburescas.
El placer voluptuoso que experimenta al acumular nunca ha hecho que abandone al marcado culto sensual a los objetos en cantidades hiperbólicas; me imagino su casa como un gabinete de maravillas, lejos del tonel de Diógenes. Siempre y a discreción ha practicado el acopio de sus materiales, empecinadamente, sin llegar nunca a la saturación y con la misma asombrosa perseverancia que le ha sido propia en su oficio. Si ocasionalmente empieza una colección, Carlos Pazos pierde el control sobre ella muy pronto y vuelve a su estado acumulador, sin sentido ni principio estructurador, lejos de sistemas categoriales, pero con arreglo a un orden y concierto que le son propios. Si hay un orden en sus objetos, será interior, imperceptible para otras personas, hasta que no los vean integrados en la obra de arte terminada y titulada."
Yvette Sánchez, "Batman entre las mariposas. Arte coleccionista o el riesgo de transgredir el orden", No me digas nada. Carlos Pazos. Catálogo de la exposición. MACBA, MNCARS. Barcelona, 2007.
Carlos Pazos (Barcelona, 1949) Premio Nacional de Artes Plásticas 2004.

jueves, 14 de octubre de 2010

La fantasía del sujeto


"Como coleccionista de arte y director artístico de la colección De Pictura, suscribo el dictum ideado por Marcel Duchamp como fórmula prístina y referente propio para definir esa actividad que se denomina coleccionismo de arte. Así es: el coleccionista de arte elige unos cuadros y los cuelga en la pared, es decir, “pinta una colección”. La feliz expresión poética de Duchamp define al verdadero coleccionista como un “artista al cuadrado”. Así debe ser.
Quien haya visto el filme El coleccionista de William Wyler, comprenderá la actividad del coleccionismo, pero únicamente quien se haya identificado con su protagonista podrá, al menos por un instante, sentirse él mismo coleccionista. Y no precisamente por cierta deriva fetichista y/o compulsiva inscrita en la trama de la obra, sino más bien, por su efecto lúdico y excitante. El coleccionismo, como todas las producciones del psiquismo, remite en última instancia al análisis profundo de la fantasía del sujeto, al discurso del inconsciente, a lo que no en vano llamó Sigmund Freud la “cámara del tesoro”. El coleccionismo de arte es una actividad que implica una actitud personal –por fuerza subjetiva y selectiva– al decidir sobre ciertos autores y determinadas obras, y un compromiso social por su indeclinable deseo de compartirlas. Ciertamente, el coleccionismo es un fenómeno que nace en el ámbito privado, pero que se desarrolla con vocación pública: mostrar para su contemplación las obras es el último segmento de un proceso laborioso, pero que se advierte imprescindible. Su envés, el coleccionismo secreto, entraña un mito de suyo onanista y autocomplaciente. El verdadero coleccionismo es oferente. Hoy día su naturaleza ha dejado de ser de origen nobiliario y se desliza, cada vez más, sobre una sociedad culta y atenta a su propia identidad. El coleccionismo se asienta sobre tres pilares básicos: la disponibilidad del mercado, el poder adquisitivo del comprador y su gusto personal. Y se articula sobre tres criterios fundamentales: primero, que una colección no es un conjunto (y menos una patulea) de cuadros, sino que debe tener un sentido, un ordenamiento o dicción, con su propia coherencia interna Segundo, que toda colección connota y se constituye en referente de quien la hace, esto es, que habla de su creador. Y tercero, que siempre debe crear opinión. Cuestión esta última difícil y excitante, que únicamente el paso del tiempo permite verificar. Como dijo un egregio paisano de quien esto escribe, don Francisco de Goya, “el tiempo también pinta”. Una colección, añado."

Javier Lacruz Navas (1957), psiquiatra, psicoanalista, coleccionista y estudioso de arte. Copropietario y director artistístico de la colección De Pictura.

lunes, 16 de agosto de 2010

Colección Corsini

"Es un museo", dice Duccio Corsini de la casa de su infancia, en el centro de Florencia, donde aún viven sus padres: mil metros cuadrados de planta noble, un jardín de dos hectáreas y, lo más importante, miles de piezas de arte. Un tesoro reunido en novecientos años de negocios, poder y mecenazgo de la familia florentina, que le ha dado a Italia incluso un Papa (Clemente XII) y muchas páginas de historia. Actualmente, Duccio Corsini, de cuarenta y seis años, está considerado el coleccionista privado más importante de Italia. Es su padre, Filippo, quien tiene los derechos de propiedad, pero es él el que gestiona el patrimonio. Su familia está detrás de la Galería Corsini de Roma, con lienzos de Caravaggio, Rubens, Beato Angelico y cientos de obra fruto de una antigua donación al Estado; y de la Galería de Palazzo Corsini, todavía propiedad de la familia, con ciento cuarenta y siete, entre las que se encuentran obras requeridas en préstamo por las exposiciones más importantes de todo el planeta.
XL Semanal. Usted convive con miles de piezas que figuran en los libros de historia, ¿cómo se lleva ser el coleccionista privado más importante de Italia?
Duccio Corsini. El coleccionista compra, mientras que el mecenas escoge el artista y el tema, lo reflexiona, lo sigue. La historia de los Corsini se guía más por el mecenazgo que por el coleccinonismo. En el primer caso el deseo se ve colmado por el hecho de adquirir, de poseer; en el segundo, con ver realizada una idea.
XL. Su palacio está cerrado al público, ¿no tiene cierto sentimiento de culpa por no compartir la belleza que encierran estas paredes?
D.C. Ninguno. Además, todo este que parece un gran privilegio comporta grandes obligaciones y sacrificios: no puedes desentenderte de un patrimonio artístico como éste y en épocas de recursos escasos, la tarea no es tan sencilla.
(...)
XL. ¿Qué le conquista de una obra?
D.C. Su parte estética. No me condiciona su valor, el dinero. Todo ello es mérito y culpa de la educación que he recibido.
X.L. ¿Y cuál ha sido?
D.C. Hasta la muerte de mi abuelo Tommasso, en 1980, la colección privada Corsini no estaba dividida. ¿Cuánto valía aquel Barberini? ¿Cuánto el Benvenuti? Ninguno lo sabía; la medida no era el dinero, sino la belleza. Éste es el corazón de la educación que he recibido. Sólo por temas de herencia tuvimos que hacer inventario y dar una estimación relativa a las piezas. Pero, antes de eso, mi único criterio era: "¿Me gusta?".
X.L. El arte contemporáneo no le conquista, ¿es así?
D.C. No me convence la idea de necesitar que alguien me explique una obra. Sin embargo, si el tema es incomprensible, pero los colores, las geometrías, incluso la nada que hay dentro me gustan, entonces no me interesa saber el significado.
(...)
X.L. Exposiciones abarrotadas por todas partes: ahora, el arte parece estar al alcance de todos. ¿Pasión colectiva o moda?
D.C. Las exposiciones-evento se organizan pensando en los grandes números. La calidad es secundaria. Sin embargo, una exposición debería ser una especie de introducción a un artista, que luego debería estudiarse, posteriormente. No se puede resolver en un día, por ejemplo, conocer Florencia o Venecia, como tampoco es posible que existan museos cerrados o con horarios comprimidos. Del mismo modo, también es absurdo pretender no pagar por visitar una galería o un museo.
X.L. Suena un poco elitista, ¿cómo hace una familia de cuatro personas para crecer culturalmente?
D.C. Creo que debería pagar. Sólo se aprecia lo que se paga. Se disfruta al máximo: lo tienes que pagar. No se pide un descuento por un bolso de Gucci.

Stefania Barbenni, "Duccio Corsini. La Gioconda es un retrato como tantos otros", XL Semanal, n. 1188, 1-7 ago. 2010.

sábado, 19 de junio de 2010

La dama blanca del Métropole


"¿Sería actriz? Cara muy pálida, al principio le pareció empolvada, finamente subrayados sus ojos y cejas. Negros como su pelo, que el turbante no llegaba a cubrir por completo. Labios finos, apretados en una raya granate. Un hoyuelo - toque de Venus, los llama Mons- en la barbilla. También se fijó en la finura de sus piernas y en el brillo nacarado de sus medias de seda, en los puntiagudos escarpines blancos. Figura de figurín, así pensó dibujarla Mons, de figurín de Vogue de los tiempos de maricastaña, o de Paul Poiret, aunque de edad indefinida, quizás al borde de los sesenta, bien disimulados. (...)
¿Quién era ella verdaderamente?
¡Rosa Mir!, exclamó Vanderdecker, el gran coleccionista belga, cuando Mons le preguntó por teléfono si conocía a Madame Mayer. Rosa Mir, la violonista prodigio, y no menos pródiga coleccionista, un personaje de leyenda aun antes de convertirse en Madame Mayer y sobre todo después de enviudar en trágicas circunstancias. Se había casado con uno de los fundadodres de la firma farmacéutica suiza Gebrüder Mayer; o con ambos, explicaría malicioso Vanderdecker, porque eran gemelos inseparables, hasta que se produjo el incendio en el que murió el casado con Rosa Mir. Que era española, ¿no lo sabía?, y se le ocurrió que organizaría en su casa una cena en honor de la más extraordinaria coleccionista para que Mons tuviera la oportunidad de encontrarla despierta. Y tanto. La llamativa dama de blanco y boa de pluma blanca (¿la viuda blanca? ¿una forma de llevar el luto en negativo, a la japonesa?) inspeccionando con aire sherlockholmesco o maigretesco un Magritte (una monstruosa rosa roja que ocupaba toda una habitación) que le hacía fruncir el ceño de tal modo que Mons se dijo que ella iría a exclamar "¡Esto no es un Magritte!" o, aún por, "¡Esto no es una rosa!"; pero ella sólo murmuró en francés: "En los buenos tiempos yo tenía la blanca", o así creyó entender Mons, plantado junto a ella en ese pasillo recoleto en el que se alineaban media docena de Magrittes. Dans le bon vieux temps? "Sí, la rosa blanca titulada Le tombeau des butteurs, dijo ella, y señaló el título en el marco de la roja: Le tombeau des lutteurs. (...)
Durante años, a partir del encuentro en Bruselas, Mons acudió a la cita con Rosa Mir en hoteles de medio mundo, o -cuando no podía desplazarse- le enviaba obras adecuadas para distraerla en su soledad de coleccionista trotagalerías.
Mons guardaba, lleno de dobleces, un reportaje reciente de La Vanguardia, de Barcelona, que era todo un curriculum.

ROSA MIR
COLECCIONISTA DE MUNDO

Rosa Mir, viuda de Mayer, barcelonesa nómada, que ya de niña, en los años cuarenta, daba la vuelta al mundo como violonista prodigio, en una meteórica carrera que se interrumpió de pronto misteriosamente después de ganar a los trece años el trofeo del programa de radio neoyorkino "Rising Musical Stars", sigue recorriéndolo incansablemente como no menos coleccionista y mecenas. Tras la trágica muerte en 1982 de su marido, el químico y coleccionista suizo Hadrian Mayer, en el incendio de su villa "Vieux Temps", a orillas del lago de Zurich, al intentar salvar algunas obras maestras de su colección de pintura contemporánea, Rosa Mir se propuso retomar la antorcha-testigo, si así puede decirse, la llama de la pasión del coleccionismo y del mecenazgo, de forma totalmente original de acuerdo a sus gustos y personalidad compulsiva de acaparadora que no para. Según revelaba una crónica del Neue Zürcher Zeitung, a los pocos días del siniestro, Rosa Mir, ante las ruinas aún humeantes de su villa, de la que logró escapar de milagro, decidió no volver a tener un hogar como en el buen "vieux temps" o sólo un hogar al día. De ahí en adelante viviría sólo en hoteles, cambiando de ciudad frecuentemente, como en sus años de violinista. Al comprobar que la inestimable colección de pintura y tantos muebles no menos únicos -en el reportaje se mencionaba especialmente un secreter con cajones secretos obra de Roentgen- habían quedado casi totalmente reducidos a cenizas. Rosa Mir declaraba al Neue Zürcher Zeitung que se proponía constituir de ahí en adelante colecciones "no permanentes" o transitorias, por unos cuantos días, en las habitaciones de hotel que fuera ocupando. (...)
Ella además visitaba incansablemente las principales galerías, anticuarios, estudios de artistas de la ciudad en busca de nuevas piezas. Cuando la habitación del hotel estaba tan repleta, que tenía la sensación de que ya no quedaba sitio ni para ella misma, se resignaba a cambiar de aires y volver a empezar su colección "no permanente" en otra ciudad. Pedía entonces a su amigo el galerista Carles Taché, de Barcelona, que se encargara de desocupar la habitación y distribuir las obras entre otros coleccionistas. En realidad, confesaría Rosa Mir, la pasión del coleccionista se colmaba con conseguir la pieza extraordinaria y guardarla sólo por breve tiempo, a la manera de esos pescadores que se conforman con la emoción de la captura y antes de irse devuelven el pez al agua.
Cada habitación del hotel ocupada por Rosa Mir acababa siendo una suerte de "cabinet d'amateur" y a la vez, sin saberlo o pretenderlo ella, una instalación sui generis". (...)
En la carpeta Imago Mundi, que acaba de presentar en Barcelona el pintor Víctor Mons se recogen muchas anécdotas de la vida y milagros de Rosa Mir, de su mundo mirífico, de su vuelta al mundo en ochenta habitaciones de hotel - en la que no podía faltar la 204 del Hotel Majestic de su Barcelona natal- y de su pasión de coleccionista errante."

Julián Ríos, Monstruario. Barcelona: Seix Barral, 1999.



viernes, 11 de junio de 2010

El hilo de Ariadna

Desde que nací me he dedicado a reunir toda clase de objetos. Ya avanzada mi vida, y puesto que mis medios económicos me lo permitían, me centré en el arte y sigo en ello. Por alguna curiosa razón, la idea de tener una caja de madera pintada suiza se hace más interesante cuando posees más de una, porque la comparación entre las diferentes formas de expresar la misma idea transmite un mensaje y ofrece cierta perspectiva. Coleccionar es como seguir el hilo de Ariadna; una obra te lleva a la otra, y nuestra comprensión se beneficia de la constante búsqueda.

Baronesa Marion Lambert. Nacida en Amsterdam, se casó con un importante coleccionista. Vive en Ginebra y está considerada una de las primeras mecenas de la fotografía contemporánea. Su colección de fotos fue titulada La Venganza de Verónica.

Fotografía 2: Mike Kelley, Ahh... Youth (1991).

sábado, 5 de junio de 2010

Lady Charlotte en Sevilla




Sevilla, 1870.
A long day with the Commissionaire, Alfonse Laboisse, visiting curiosity shops. Our only purchases were at Mariano Fernandez's, 17 Calle de Canteros, a littly Rosary with gilt filigree (8/4). Two small leaves with currants in relief of either Staffordshires or Fullham Ware (15/-); and a pair of old paste bracelet snaps (12/6) which I bought for Enid, who collects these things.
At a little shop, Diego Astma's, 97 Alameda de Escale, we found a curious collection, chiefly of broken things. Among them a very fine Moustier Ware dish, most delicately painted in blue, with the Rape of Helen in the centre, and Olympian deities and Arabesques all round and about her. Unfortunately it had been broken things. Among them a very fine Moustier Ware dish, most delicately painted in blue, with the Rape of Helen in the centre, and Olympian deities and Arabasques all round and about her. Unfortunately it had been broken but had been well mended; for this we gave 1.10.0. At the same time we got a little marked Buen Retiro figure of Africa, one arm wanting, the head also having been off. Though the man knew nothing of what it really was, we had to give a sovereign for it. Antiquities are dear and bad at Seville!
We looked at a frame with a small man, Cabriller, 20 St. Elay, but did not buy it. Called at an Italian's Vivaldis, 17 Mendez Nuños, who had some extravagantly dear cabinets, and also a few good pieces of French ware, about which we paused. He is dear, and is a man I do not like, but has intelligence. I fancy he buys all poor Diego Astma's good things from the small miscellaneous shop and sells them at great profit. Wen to Don Jose Devera, 33 Calle Amor de Dios, a superior kind of dealer, who has fine and high-priced things. To Ignacio Gallindo, 17 Calle de Saragosa, who was absent at Madrid, so that we saw nothing with him (his Madrid address is Fonda de Paris, or des Princes).
Lastly, to Don Manuel Robles, 5 Calle de la Cuna. He is a man of good means, a private gentleman, and buys and sells because he says it is his amusement; certainly he was our amusement for the time- but he talks too much, and his descriptions in bad French are interminable. We promised to see him again. We were told tonight that there were disturbances at Triana, but in the morning all was reported quiet. However, news came of a revolt at Barcelona.

Lady Charlotte Guest Schreiber, Lady Charlotte Schreiber's Journals. Confidences of a Collector of Ceramics and antiquities thorought Britain, France, Holland, Belgium, Spain, Portugal, Turkey, Austria and Germany from the year 1869 to 1885. Londres: Her son Montague J. Guest, 2 vols.



The Wunderkammer of Lady Charlotte Guest examines the life of a truly extraordinary Victorian woman, Lady Charlotte Guest Schreiber. Lady Charlotte learned Welsh in order to provide the first complete translation of the Mabinogion; ran her late husband's ironmongery until her eldest son attained his majority; then married a man fourteen years her junior and enjoyed a distinguished career as a collector of porcelain, playing cards, and fans. Although Lady Charlotte's biography is fascinating in its own right, the scholarly emphasis of this book centers on how the impulse to collect informed her translations and her journals as well as her later catalogues. Using the theories of Jean Baudrillard, Walter Benjamin, Mieke Bal, Susan Miller, and Susan Pierce, this book examines how collecting allowed Lady Charlotte to create a series of private signifying systems that often countered the prevailing Victorian discourse assigned to women.

domingo, 18 de abril de 2010

Psicología y coleccionismo

Si el propósito del museo es revelar la verdad, entonces las colecciones son su objetivo. La pregunta que los museos tienen que hacerse es si sus colecciones ayudan a alcanzar ese fin. Hay tantas colecciones diferentes como coleccionistas. Pero no todas las colecciones son interesantes y pocas merecen la inclusión en un museo. Los niños suelen reunir por lo común lo que les gusta para poder comprender el mundo y para ayudarles a establecer su identidad. Puede ser una actividad privada, restringida al cuarto del niño o puede convertirse en una muestra pública y batallan con fiereza para construir mayores y mejores colecciones; a veces ambas cosas. David Attenbourough describe cómo siendo un niño de ocho años, convenció a la mujer más guapa que nunca había visto (Jacquetta Hopkins- la que, bajo su apellido de casada, Hawkes, se convirtiera más tarde en una distinguida arqueóloga) para que visitara su cuarto para ver su museo de fósiles y otras maravillas de la naturaleza. Estaba actuando más como un pájaro, captado en una de sus propias películas de naturaleza, tentando a la hembra hacia su decorado y elaborado nido.


El deseo de coleccionar puede continuar más allá de la pubertad y los motivos para ello pueden ser complejos. La esposa de William Randolph Hearst, el magnate americano de la prensa que sirvió de modelo para Ciudadano Kane, dijo que su marido coleccionaba cosas cuando su mente estaba preocupada. Si ella estaba en lo cierto, el espectacular conjunto de tesoros artísticos que reunió Hearts en su casa en San Simeon en California era en esencia un caparazón virtual para su inseguridad. Muchas colecciones de los museos están tejidas con hilos secretos de motivos personales y psicológicos que finalmente se han reunido para beneficio público y que pueden juzgarse por su éxito si cumplen con ese propósito.

Julian Spalding, The Poetic Museum, 2002.

domingo, 7 de marzo de 2010

Nabokov y la lepidoptología


"He cazado mariposas en diversos climas y con distintos disfraces: como guapo niño con pantalones cortos y gorra de marinero, como larguirucho expatriado cosmopolita con pantalones anchos de franela y boina; como gordo anciano de calzón corto y cabeza descubierta.

En un camino que se elevaba sobre el Mar Negro, en la península de Crimea, y entre matorrales de flores que parecían de cera, en marzo de 1918, un estevado centinela bolchevique intentó arrestarme por haberle hecho señales (con mi cazamariposas, dijo) a un buque de la Armada británica. En verano de 1929, cada vez que atravesaba andando un pueblo del Pirineo oriental, y volvía casualmente la cabeza, veía detrás de mí a los campesinos congelados en las diversas poses en las que mi paso les había encontrado, como si yo fuese Sodoma y ellos la mujer de Lot. Un decenio después, en los Alpes marítimos, noté una vez que la hierba se ondulaba de forma serpentina a mi espalda, porque un gordo policía rural se arrastraba sobre su barriga tras de mí para asegurarse de que no intentaba cazar pajarillos. Norteamérica me ha mostrado más ejemplos incluso que otros países de este interés morboso por mis actividades rederas, quizá porque cuando llegué aquí ya era cuarentón, y cuanto más viejo sea el cazador de mariposas, más ridículo parece con un cazamariposas en la mano. Severos granjeros me han señalado los carteles que decían PROHIBIDO PESCAR; desde los coches que pasaban por la carretera me han lanzado aullidos de burla; perros adormilados que hacían caso omiso hasta de los vagabundos de peor aspecto se han reanimado para acercárseme gruñendo; diminutos críos me han señalado con el dedo a sus desconcertadas mamás; veranenantes de mentalidad tolerante me han preguntado si cazaba chinches para usarlas como cebo; y una mañana, en un erial iluminado por altas yucas en flor, cerca de Santa Fe, una enorme yegua negra estuvo siguiéndome casi dos kilómetros. (...)

Pocas cosas he conocido, en el terreno de la emoción o de los apetitos, de la ambición o del logro, que puedan superar en riqueza e intesidad la excitación del explorador entomológico."

Vladimir Navokov, Habla, memoria.

Exposición "El cazamariposas Vladimir Nabokov" tuvo lugar en el Museo Nabokov de San Petersburgo.

jueves, 22 de octubre de 2009

La colección y Benjamin

"En lo que a mí concierne, me propongo en las líneas que siguen, algo más evidente, más palpable; lo que me interesa es mostrarle la relación de un coleccionista con el conjunto de sus objetos: lo que puede ser la actividad de coleccionar, más que la colección misma. Que para ello considere las diferentes maneras de colocar los libros, no deja de ser arbitrario. Este orden, como cualquier otro, no es más que un dique contra la marea de recuerdos que, en continuo oleaje, se abate sobre cualquier coleccionista que se abandone a sus gustos. Si es cierto que toda pasión linda con el caos, la del coleccionista roza el caos de los recuerdos. Diré más, el desorden ya habitual de estos libros dispersos subraya la presencia del azar y el destino, haciendo revivir los colores del pasado. Pues una colección, ¿qué es sino un desorden tan familiar que adquiere así la presencia del orden? (...) Privada de su coleccionista, la colección pierde su sentido".

Walter Benjamin, "Desembalando mi biblioteca", 1931.

martes, 20 de octubre de 2009

El coleccionista como artista


Katherine S. Dreier y Marcel Duchamp



Katherin S. Dreier en la Yale University Art Gallery (1930)

"El verdadero coleccionista -decía Marcel Duchamp (...)- es un artista al cuadrado. Elige cuadros y los cuelga de la pared. En otras palabras: pinta una colección". Sin duda estaba pensando en amigos como los Arensberg, o como Katherine Dreier, con quien había compartido el ambicioso proyecto de la Société Anonyme. Cuando las obras de arte adquiridas por esta insólita sociedad anónima fueron expuestas en el Museo de Brooklyn en 1926, la propia Dreier quiso que algunas de las salas simularan habitaciones de una casa burguesa. Supongo que con ello intentaba animar a los de su clase a comprar arte moderno. Su casa de West Redding, en Connecticut, con la Leda de Brancusi en el jardín y Le Grand Verre de Duchamp en la biblioteca, me lleva a pensar que lo que Katherine Dreier proponía y se proponía era "habitar lo moderno" más que tenerlo bien cogido, como si hubiera adivinado que una cosa es tener y otra poseer. Las obras de arte que habían "colgado" de las paredes de su casa no constituían una colección, por más que la Universidad de Yale, que heredó algunas de ellas, decidiera juntarlas con las precedentes de la Société Anonyme. De haber alguna colección, sería ésta; una colección sin nombre. La colección de la Société Anonyme; la casa de Katherine Dreier... El "verdadero coleccionista" del que Marcel Duchamp hablara en 1949 no merece serlo. Cuando empezaba a meterse en harina, Duchamp se detuvo. Lo detuvo esa loca presunción moderna de llamar coleción a los cuadros que uno elige y cuelga de las paredes de su casa; porque es aquí, entre las cuatro paredes de la casa, donde hay que pensar e intentar de algún modo de poseer que no se cumpla con el agónico "¡Lo tengo!" del coleccionista. Un poseer que sea necesariamente un habitar.

Pero bastaría sin duda con echar un vistazo a las casas de Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza para desengañarse de los llamados coleccionistas de cuadros. Un fetichista les tiene más apego a sus zapatos".

Ángel González García, "Contra los así llamados coleccionistas de pintura", Revista de Occidente, 1993.

El coleccionista


Connoisseur, Norman Rockwell (1962)

"¿El coleccionista? Un maniático inofensivo que pasa el tiempo clasificando sellos de correo, pinchando mariposas con alfileres o deleitándose en la contemplación de grabados eróticos. O bien, por el contrario, un especulador ladino que, so pretexto de amor al arte, compra a bajo precio obras artísticas para revenderlas haciendo fabulosos beneficios. O, también, un señor de la alta sociedad que ha heredado un castillo y muebles de época, y posee una colección de cuadros, los más bellos de los cuales permite reproducir en las páginas satinadas de las revistas de moda. Tres imágenes, tres opiniones, pero las tres tienen un común que presenta a un personaje anecdótico. Al coleccionista no se le toma en serio más que cuando las cantidades que baraja se vuelven impresionantes. Sólo suscita maravilla y respeto la colección-inversión guardada en el sótano de un banco que vale más que su peso en oro. De otra manera no se ve en el coleccionismo más que un entretenimiento narcisista y un poco frívolo. Una bagatela."

K. Pomian, La colección, entre lo visible y lo invisible. París, 1987.

viernes, 28 de agosto de 2009

Filatelia y Ellery Queen


"En la puerta del 1026, en el décimo piso, había un letrero; decía:

ULM
COMERCIANTE DE SELLOS VIEJOS Y RAROS

Ellery y el sargento Velie entraron y se encontraron en un amplio despacho. Las paredes estaban cubiertas con vitrinas que contenían infinidad de sellos. Algunas vitrinas, sobre mesas, contenían los ejemplares más valiosos. El cuarto estaba desordenado; tenía un olor a viejo, asombrosamente parecido al de la librería de Uneker.

(...)

Los hermanos le mostraron una mesa que estaba en el centro del cuarto. Sobre la mesa había una vitrina con una tapa de vidrio, encuadrado en madera. Contenía numerosos sellos alineados sobre un género negro, de raso. En el centro había una caja de cuero, abierta y vacía; de donde habían sacado el sello. En la tapa de la vitrina había cuatro marcas de golpes. La cerradura estaba rota.
- Trabajo de aficionado -dijo el sargento Velie desdeñosamente. Bastan las manos para forzar esa cerradura.
Los agudos ojos de Ellery miraban fijamente la caja de cuero.
- Señor Ulm -dijo volviéndose. El sello que usted llama "el negro de un penique" ¿estaba en esa cajita de cuero?
- Sí, Mr. Queen, pero la caja estaba cerrada cuando el ladrón forzó la vitrina.
- Entonces, ¿cómo sabía tan precisamente lo que debía robar?
Friedrich Ulm se acarició la mejilla.
- Los sellos que había en esta vitrina -explicó- no estaban en venta. Eran los mejores de nuestra colección. Cada una de ellos vale miles de dólares. Pero, naturalmente, cuando los tres hombres estaban aquí, hablamos de esos ejemplares, y yo abrí la vitrina para mostrárselos. El ladrón vio el negro de un penique. Era coleccionista, señor Queen; si no, no habría elegido ese sello. Tiene una extraña historia.
- ¡Dios mío! -dijo Ellery-, ¿estas cosas tienen historia?
Heffley, el hombre de la compañía de seguros, se rió.
- Y qué historias -exclamó. Los señores Friedrich y Albert Ulm son famosos por poseer dos valiosísimos ejemplares del mismo sello, el negro de un penique, como lo llaman los coleccionistas, es un sello británico emitido en 1840; hay muchos en el mercado, y aun los que no están franqueados, no valen menos de diecisiete dólares y medio, en dinero americano; pero los dos que poseen estos señores valen treinta mil dólares cada uno. Como usted ve, el robo es importante. Mi compañía está envuelta en el asunto, porque los sellos están asegurados en su valor.
- Treinta mil dólares -dijo Ellery-. Es bastante dinero para un pedacito de papel sucio. ¿Por qué valen tanto?
Albert Ulm, nerviosamente, se bajó sobre los ojos la visera verde.
- Porque esas dos tenían las iniciales de la Reina Victoria, de su puño y letra. Sir Rowland Hill, el hombre que inventó y fundó en Inglaterra, en 1839, el sistema standard de sellos postales, hizo emitir el negro de un penique. Su Majestad estaba tan satisfecha (Inglaterra, como otros países, se había preocupado mucho para conseguir un sistema postal que fuera conveniente) que autografió los dos primeros sellos que salieron de la imprenta y se las dio al dibujante (no recuerdo su nombre). Ese autógrafo les dio un inmenso valor. Mi hermano y yo tuvimos mucha suerte de que cayeran en nuestras manos.

(...)

- La filatelia -dijo Ellery al sargento Vellie, cuya honesta cara pareció entristecer al sonido de la palabra- es una afición curiosa. Aflige a sus víctimas como una verdadera manía. No dudo que estos coleccionistas llegarían a matarse por uno de esos ejemplares.

(...)

Encontraron a Avery Beninson en una vieja casa de piedra rojiza, cerca del Hudson; era un huésped suave y cortés.
- No, nunca vi esa invitación - dijo Beninson-. Vea, yo contraté a esos hombres que decía llamarse William Plank, para que se ocupara de mi colección y de la vasta correspondencia que tenemos todos los coleccionistas de alguna importancia. El hombre entendía de sellos. Durante dos semanas, su ayuda fue inestimable para mí. Ha de haber interceptado la invitación de los Ulm. Comprendió que tenía una oportunidad para ir a sus oficinas; fue allí, dijo que se llamaba Avery Beninson, y...
El coleccionista se encogió de hombros.
- Imagino que no era difícil para un hombres sin escrúpulos -afirmó.
- Naturalmente, ¿usted no tuvo más noticias de él desde la mañana del robo?
- Claro que no. Recogió el botín y se fue.
- ¿Y en qué lo ocupó usted, Mr. Beninson?
- En la rutina ordinaria del ayudante de un coleccionista: clasificar, catalogar, pegar los sellos en los álbumes y contestar las cartas. Vivió aquí las dos semanas que estuvo a mi servicio. -Beninson sonrió tristemente-. Soy soltero y vivo completamente solo en este caserón. Estaba feliz de su compañía, aunque era un hombre raro.
- ¿Raro?
- Siempre estaba yéndose -dijo Beninson-. No trajo casi equipaje; y ese poco desapareció hace dos días. Parecía que no le gustaba la gente. Cuando venían amigos o coleccionistas, se retiraba a su cuarto."

Ellery Queen, "Filatelia", Las aventuras de Ellery Queen (1934)

lunes, 5 de enero de 2009

El desván de los Reyes Magos




He aquí dos colecciones de juguetes antiguos. Por un lado la del asturiano José Antonio Quiroga, con más de mil piezas, probablemente la más importante de un coleccionista privado español, que ha sido objeto de diversas exposiciones como la que puede verse estos días en Langreo, Asturias.

Por otro lado, la de Santiago Valdayo, que actualmente está expuesta en la Casa de la Cultura de Bollullos (Huelva), bajo el sugerente título El desván de los Reyes Magos.

Ambas tienen piezas valiosas del siglo XIX. Para más información:
Quiroga / Valdayo

domingo, 2 de noviembre de 2008

El Museo del Discreto




"Éstas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del Abril, qué Aranjuez del Mayo, como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día?".

Baltasar Gracián,
El Criticón I, 1653.

El jesuíta aragonés Baltasar Gracián (1601-1658) escribía estas líneas cinco años antes de su muerte. Es uno de los grandes escritores del Siglo de Oro español y la mayoría de sus obras fueron editadas por uno de los coleccionistas españoles más reputados, Vicencio Juan de Lastanosa (1607-1681). El museo de Lastanosa se conoce como lastanosino y conformó uno de los gabinetes de curiosidades más importantes de la época en su palacio del Coso de Huesca.

"Lastanosa reunió en su palacio del Coso una gran biblioteca y museo. El palacio era ya de por sí un edificio notable, con una fachada en la que destacaba una torre con una estatua de Hércules desnudo, que sostenía sobre sus hombros la esfera del Universo. Tras el palacio se extendían unos singulares jardines, cuyos elementos más sobresalientes eran un gran estanque navegable y un laberinto vegetal. Los jardines lastanosinos ocupaban buena parte del espacio del actual Parque Municipal, que es por tanto heredero directo de aquellos.
La biblioteca, de la que existe un detallado catálogo conservado en Estocolmo, contaba con cerca de 1.500 libros y manuscritos. Por lo que hace a sus colecciones, estaban formadas por pinturas, esculturas, grabados, monedas, medallas, camafeos y piedras preciosas, antigüedades, mapas, instrumentos científicos, objetos exóticos, fósiles y prodigios naturales, armas, etc. Esta clase de colecciones, eclécticas y maravillosas, eran comunes en la Europa de su tiempo. Se las conocía como Gabinetes de curiosidades (Cabinets de curiosités) o Cámaras de maravillas (Wunderkammern). Con ellas se pretendía recrear una imagen lo más completa posible de la naturaleza y las realizaciones humanas.
La biblioteca y museo de Vincencio Juan de Lastanosa se inscriben plenamente en este fenómeno europeo. Sin salir apenas de Huesca, Lastanosa supo mantenerse en contacto con otros eruditos y coleccionistas de Europa. En Francia fueron especialmente estrechas sus relaciones con Francisco Filhol, un clérigo de Toulouse que había reunido colecciones similares a las suyas. En Italia, el mecenas oscense intercambió correspondencia con el célebre jesuita alemán Athanasius Kircher".

Página de Vicencio Juan de Lastanosa